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En las afueras de la biblioteca de la universidad, discutíamos con un grupo de amigos el caso hipotético de un grupo de personas famosas y poderosas pero que tenían la desventura de estar enfermos por causa de su mal estilo de vida. Sin nadie tener conocimiento más que de su propia enfermedad, todos coincidieron en un congreso de medicamentos innovadores, en donde se les daría después de cumplir unos requisitos, la medicina que terminaría con su enfermedad sea cual fuera. Para su mala suerte, el requisito era subir al escenario del salón en donde se encontraban todos y compartir cuál era su enfermedad y los detalles de cómo había llegado a tenerla. Al ver lo requerido, la gran mayoría decidió irse en vez de recibir su medicamento. El caso fue planteado para ejemplificar cómo una persona puede preferir continuar mal que pasar el mal rato y empezar el proceso (no sencillo) de recuperación. Lo más interesante fue que esto es tan cotidiano y tan humano, que pude relacionarme con el sentimiento. ¿Cuánto nos cuesta decir que estamos en lo incorrecto? ¿Cuánto más nos cuesta reconocer que debemos caminar por otro lado y no por donde hemos ido toda la vida? Mientras más nos hacemos conocedores de la vida (según nosotros) y mientras escalamos por los peldaños del conocimiento y del éxito que la sociedad nos pinta, mucho más complicado se hace para el ser humano poder reconocer su propio estado de decadencia. ¿Qué puede necesitar alguien que a la vista de la sociedad lo tiene todo, y cree tenerlo todo? Con esa manera de pensar, nadie jamás podrá convencerlo que no lo tiene todo, y mucho menos que por lo tanto, tiene necesidad de algo. Mucha razón tenía Jesús cuando les dice a los muy “perfectos”, “rectos” y “superiores” fariseos y escribas que él vino por los que reconocían su estado de vacío y necesidad y querían cambiarlo, no  por los que creían tenerlo todo resuelto. ¿De qué bando quiero ser? Al ponerlo de esa manera, si soy muy inteligente, muy pudiente y mucho más intachable que todos, pues puedo sin problemas desechar a la persona de Jesús, pero si no lo soy, si soy… bueno… como todo ser humano, ¿me atrevo a considerar su llamado?

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Un pensamiento en “¡Yo soy superior!

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