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Muchos años atrás, solía caminar todos los días por el parque que quedaba a pocos minutos de la casa donde vivía. Antes que la luz del sol alumbrara la ciudad, me disponía a invertir mis pasos por los senderos llenos de árboles, pequeños lagos con patos y algunas otras especies que me gustaba observar. El aire aún era puro y limpiaba mi ser en cada respiro. A medida que mis pensamientos se mezclaban con el entorno natural y a su vez éste empezaba a cobrar vida con los primeros rayos de la mañana, mis pasos se hacían más veloces, como aquel que huye sin saber de que. Uno que otro grupo de pasos sonaba a mi alrededor. Algunos muy constantes y regulares. Otros acompañados de fuertes exhalaciones de aire. Algunos otros muy lentos, pacíficos, silenciosos. Algunos pasos largos y espaciados, otros muy cortos y contínuos. Luego de un tiempo, mi corazón daba avisos de su trabajo. Los pasos le empezaban a gastar.

Los días avanzaban y en cada mañana los pasos me acompañaban. Al principio solamente notaba mis pasos, pero, al adentrarme en los pasos de otros en vez que en los míos, me daban una idea de diversidad, de diferentes personalidades, de diferentes mentes, espíritus y corazones latiendo a diferentes ritmos. La totalidad de la vida expresada en una particular forma de caminar, trotar. Algunas veces mis pasos se inmiscuían en el sonido de los otros. A veces trataba de hacer que los míos fueran como los de los otros. Largos, cortos, lentos, regulares. Pero mis pasos eran los míos y los otros eran de otros. Una melodiosa mezcla de individualidades formando un todo mucho más armonioso que la individualidad del ser humano. Llegué a concluir que la persona es muy importante, en su originalidad, en su individualidad y en su paritcularidad, pero en conjunto suena mejor y que nunca podrá hacer lo que hace mejor un grupo. Todo finalmente se conforma de partes de algo. Los pasos, de al menos un paso seguido de otro.

Llegó el final de los míos y lo único que ahora me despierta y da al corazón nuevos latidos, es saber que los pasos siguen. Tan diversos como siempre y cada mañana suenan en el parque, cerca de donde yo vivía, al venir los primeros rayos de luz del día, al cantar con su particular ritmo que existe vida y que no estamos solos ni fuimos hechos para vivir solos. Más bien vivimos dentro de un gran parque junto a muchos pasos, con los cuales hemos de vivir y aprender a vivir, haciendo armonía con la gran orquesta que suena desde la eternidad.

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