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Primero le removió la prótesis. Recostó el asiento de él y acercó su mueble con todos los instrumentos. La otra parte del procedimiento la haremos el jueves dijo. —Por el momento, pondremos la anestesia, y mientras empieza a dormirse… El sonido agudo de un pequeño aparato con forma de lápiz conectado al mueble empezó a cobrar vida. Mi abuelo acostado en la silla azul y con la mirada hacia el techo, dejaba que ella trabajara. La radio y el ruido de los aparatos imposibilitaban diferenciar entre un mero murmullo y las palabras que ella constantemente decía a mi abuelo. Eventualmente distinguía una que otra palabra. Un vago “Don Javier” recuerdo haber escuchado más de una vez. El reloj del radio indicaba las once.

La hora en la radio mostraba las once y veintiséis. Los números verde lima caminaban velozmente mientras algo como una pequeña aspiradora tubular pasaba por la boca de mi abuelo. ¿Cómo va con su tesis? me preguntó—. Poco a poco —respondí—. Trataba de tomarme en cuenta mientras seguía introduciendo sin fin de artefactos, el siguiente más extravagante que el anterior. Me habló sobre sus privados, su tiempo final en la universidad y su aversión por el inglés. De poco a poco una luz azul salía por la parte final de uno de los aparatos que tenía en la boca de mi abuelo. El pequeño barreno y su penetrante sonido siguieron su viaje entre tanto diente, muela, encía o qué se yo. —¿Le duele? —alcancé a escuchar—. —Un poco —respondió mi abuelo, levantando su mano izquierda y juntando sus dedos índice y pulgar—. La publicidad política abundaba en la emisora. —Y esto si se distingue —pensé—. La música y su letra no se entendían por la mezcla de sonidos entre la maquinaria y la variedad de instrumentos musicales en las canciones que pasaban, pero la publicidad política, tan clara y cumpliendo su cometido: que uno la lleve en la mente después de los quince segundos que es lo que dura. —Llevo cincuenta minutos aquí —pensé—.

Hubo una pequeña pausa. Ella levantó el respaldo de la silla azul y mi abuelo se enjuagó en seguida. Ella se levantó y fue a traer algo a un mueble a pocos pasos de su asiento. Deja la gaveta abierta e intercambia unas palabras con mi abuelo. Luego, vuelve a su lugar y continúa su labor. La luz de una lámpara muy particular, que era parte de un tipo de brazo articulado, alumbraba directamente el rostro del paciente. Por momentos, parecía que él dormía, pero un sonido balbuceante en respuesta a alguna pregunta de ella probaba lo contrario. Esporádicamente retornaba a su consciencia mi inesperada prescencia en el cuarto. Una sonrisa entre ambos bandos suplía mi incomodidad y alivianaba su consciencia de la mía. El sonido de los motores de los carros y del aire que mueven al pasar fuera del edificio entraba libremente por la ventana abierta.

El timbre del celular empezó a sonar. Ella volteó levemente el cuello, vió la pantalla y levantó la ceja. Sin prestarle mucha atención, siguió con su trabajo. Desde una especie de acelerador en el suelo, ella parecía controlar la velocidad en uno de sus instrumentos. El tacón del zapato descansaba sobre el suelo y con la punta del pie presionaba este extraño pedal circular que también iba conectado al mueble de los instrumentos. El teléfono suena por segunda vez y contesta sin mucho interés. En seguida parece haber terminado. Levanta nuevamente el respaldo de la silla de mi abuelo y le dice que se enjuague. Ella se levanta, toma un espejo y le explica el trabajo que ha hecho hasta ahora. —Sólo falta la limpieza —me dice—. Al mismo tiempo, mi abuelo se levanta y va al baño que está a paso y medio de su silla. La espera es fugaz y sale mi abuelo sin novedad, listo para la parte final. —¡Segunda parte! —canta ella—. De lejos alcanzo a ver su nombre en un tipo de camisa especial, de esas que tienen los médicos. Un segundo pedal, —esta vez cuadrado—, es presionado de la misma forma que el otro. En este momento, tanto la pluma como la paciencia han escrito suficiente, aunque espero la primera dure más que la segunda,… algo hay que hacer si se acaba la paciencia.

Son las doce y veintidós y la boca de mi abuelo sigue abierta, con agentes foráneos y extranjeros trabajando dentro de él, tratando de buscar la salud, el bienestar y la tranquilidad, pero a través de la fuerza. —Parece la realidad mundial —pensé—. Países o personas tratando de restaurar la paz a través de la violencia. —Seguramente es el hambre —dije en mis adentros—. Comparando una ida al dentista con la realidad política y social de naciones, tanto ahora como a través de la historia. Seguramente es el hambre.

Ella coloca la prótesis de regreso. Son las doce y media. Los números verde lima siguen avanzando en el radio ahora ya apagado. Ella da unas últimas indicaciones. Nos despedimos, —nos vemos el jueves, —pensé—.

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