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Llevo más de dos años (es una vaga estimación, pero creo que estoy en lo cierto) de no escribir nada parecido a un “post” en un blog. Las razones son difíciles de entender y todavía no logro hacerlo completamente. Una vez comenté con un amigo que sencillamente sentía que era un tiempo de silencio. Un tiempo en donde mi mente y corazón estaban siendo sacudidos de tal forma que lo único que podía hacer era tratar de no ser desmembrado espiritual y mentalmente.

Este tiempo ha sido importante en términos de aprendizaje de vida y de crecimiento en áreas importantes. Creo que es saludable que todos pasemos por tiempos así. Momentos de vida y situaciones que nos llevan a repensar la realidad misma y nuestro involucramiento en ella. Nos llevan a preguntarnos ¿qué estoy haciendo con mi vida? ¿a dónde voy? ¿con quién la estoy compartiendo? ¿para qué quiero hacer esto que estoy haciendo? y etc…. un sin fin de preguntas y luchas que finalmente pueden llevarnos a tener incertidumbre de todo, incluso de lo que pensamos firme e inamovible.

Llevo dos meses viviendo en un país que no es el mío, en una casa que me es ajena, acompañado nada más de alguien que tiene los mismos problemas que yo (claro,… yo mismo). En menos de lo que pude darme cuenta, todo cuanto estaba a mi alrededor cambió, incluso yo mismo. Hábitos, personas, lugares…. de lo conocido a lo desconocido. De lo cómodo a lo incómodo, de lo cierto a lo incierto, de lo seguro a lo inseguro.

Es así que escribo hoy. Desde un vehículo que no sé manejar, desde una embarcación más grande y vasta que la balsa en donde había ido navegando hasta ahora. Pero es cuando ha habido oscuridad que se aprecia más la luz. Es en la muerte cuando se extraña la vida, es cuando hace falta que deseamos que haya… es cuando no está,… que añoramos su presencia.

Pero… ¿quién no está? ¿de qué tenemos escasez? ¿qué vidas necesitamos que estén con nosotros todavía pero se han ido ya? ¿por qué falta esa luz? con estas preguntas desgarrantes vino esta respuesta a mis ojos en este día: “El Señor es mi pastor, nada me falta” ¿Qué cosa? Parece ridículo. ¿No es claro que las preguntas han salido precisamente cuando algo falta? Sí,… algo falta. Pero no queda allí, sino continúa:

“El Señor es mi pastor; nada me falta. En campos de verdes pastos me hace descansar; me lleva a arroyos de aguas tranquilas. Me infunde nuevas fuerzas y me guía por el camino correcto, para hacer honor a su nombre. Aunque deba yo pasar por el valle más sombrío, no temo sufrir daño alguno, porque tú estás conmigo; con tu vara de pastor me infundes nuevo aliento. Me preparas un banquete a la vista de mis adversarios; derramas perfume sobre mi cabeza y me colmas de bendiciones. Sé que tu bondad y tu misericordia me acompañarán todos los días de mi vida, y que en tu casa, oh Señor, viviré por largos días.”

Tuve que detenerme y volver a leer. Y sí, confieso que es algo que he leído más de una vez e incluso mucha gente lo sabe de memoria. Pero nunca me había chocado tanto como ahora. Me faltan muchas cosas, no tengo descanso ni fuerzas para caminar. Los fantasmas del pasado vienen a inquietar mi sueño y las presiones del hoy inquietan mi despertar y mi día a día.

Pero el texto sigue allí… y habla de descanso. De lugares de tranquilidad, de fuerzas,… de un camino que es correcto. De pasar por lugares peligrosos que infunden miedo… pero sin temor. Habla de aliento nuevo. De ser alguien especial y lleno de vida. De certeza perpetua… de un hogar… de vida.

Sí… es eso lo que deseo, lo que quiero, lo que me hace falta. Seguramente el autor era alguien que lo tenía todo. Alguien que podía decir cada frase con la soltura que sólo la realidad palpable trae. Seguro que su realidad era completamente diferente a la mía y a la de muchos,… que sentimos que algo o alguien falta.

Pero sería ser injustos con lo que el mismo texto dice. En tan pocas líneas, puede verse que las experiencias del autor han sido diversas y en medio de ellas ha podido escribir semejantes afirmaciones. ¿Cómo saber qué es el descanso si no se ha estado cansado? ¿Cómo sentir nuevas fuerzas si no se han agotado ya? ¿Quién sabe qué es pasar en el valle más sombrío si no lo ha caminado y temido? ¿Cómo saber si andamos en el camino correcto, con aliento de vida, si no hemos estado perdidos y exhaustos?

Que realidades más esperanzadoras en medio de la profundidad del dolor, de la soledad, de la incertidumbre, del miedo y del cansancio físico, mental y espiritual. Debemos reconocer que percibir estas realidades de Dios no es algo inmediato ni es instantáneo,… pero es real. Tan real y más grande que tus dudas y que la situación terriblemente adversa que vives. Más grande que aquello que te aqueja y que cuando abres tus ojos, sigue allí. Abarca no sólo tu presente, sino tu pasado y futuro.

Siempre se habla de ver hacia el cielo,… pero se trata más de ver a mi lado. Dios presente cuando no lo siento aquí. Dios actuando cuando lloramos de dolor. El que se hizo humano nos entiende y da la oportunidad de palpar a Dios viéndole a Él.

No digo que haya pasado ya la adversidad,… pero que en ella hay alguien que protege, que en el camino te cuida y te alienta cada día. Alguien que estando en la calle de la dificultad, de la ansiedad y de la incertidumbre, abre las puertas de su hogar para vivir con Él para siempre. Sea esta nuestra esperanza y sea allí donde reposemos. Bajemos la carga, quitémonos la soga del estrés de la vida y del éxito futuro,… estemos de regreso en la casa del Padre.

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